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HISTORIA DE LAS NAVILLAS 


Para empezar salta a la vista el propio diminutivo usual de “Las Navillas”, únicamente aplicado a Riofrío entre todos los demás topónimos “navas” de Segovia. La denominación oficial de hoy, “Navas de Riofrío”, quizá haya nacido al final de la Baja Edad Media o en el inicio de la Moderna, en los siglos XV-XVI.

Después, los documentos de la Edad Moderna utilizan invariable y exclusivamente para el lugar el título oficial actual, “Navas de Riofrío”, y sólo más tarde (hacia el año 1800), comienzan los papeles a simultanear el nombre de “Navas de Riofrío” con el de “Las Navillas”.

El diminutivo “Navillas” se ha originado casi con seguridad en una comparación popular, ingenua y más bien realista, de las Navas de Riofrío con otras “navas” de la Tierra de Segovia o las comunidades limítrofes de Cuéllar, Coca o Pedraza.

Todas ellas superaban a Navas de Riofrío en uno u otro aspecto: mayor población, buena producción de cereal,  vino o resina, abundancia de ganado…

Navas de Riofrío quedaba así al lado de ellas como hermana menor, como las “navas” pequeñas, “las navillas”.

La verdad es que en Riofrío, prácticamente desde las fincas de Navalterradillo -actualmente de la familia Ruiz Piña- hasta la tapia del Bosque Real de Riofrío, y desde el límite con el término de La Losa hasta el río Peces, todo el suelo es una pura nava, un largo prado salteado de fresnos, negrillos y sauces, que rezuma agua en invierno y que, en la mayor parte del verano –exceptuando las últimas sequías- se conserva fresco y casi verdoso.

A partir del siglo XVIII, existe un aporte de noticias continuas. Sabemos que Felipe II ordenó en 1594 realizar un padrón de habitantes.

Las Navas de Riofrío aparecen en el padrón con 42 vecinos cabezas de familia. Multiplicando por tres dicha cifra, el pueblo arroja una población de 120 ó 130 habitantes, a la que conviene sumar el número de “criados” que completarían un total de 150 a 200 almas.

Vivían esos vecinos de lo que vivieron, por lo menos en parte, hasta mediados del siglo pasado: el esquileo de las ovejas. Al margen de que la cabaña ovina de la Mesta segoviana era una de las cinco más importantes del Reino –junto con las de León, Soria, Salamanca y Cuenca-, por la ladera norte de la Mujer Muerta pasaba y pasa todavía una cañada, la Cañada Soriana Occidental. Ésta viene de badajoz y Cáceres, por Bejar y Ávila, hasta El Espinar; sigue, reptando la falda norte de la Mujer Muerta por encima de Navalterradillo y Las Navillas, hacia Segovia, el puerto del Revertón y Somosierra, y va a morir más allá del Burgo de Osma.

 

Entre los siglos XV y XVII, Segovia contó con una activa industria pañera, que comprendía esquileos, lavaderos, cardadores o pelaires, niladores, telares, batanes, tintoreros –cuyos obradores apestaban-, tundidores, marcadores, comerciantes, etc… La lana, pues, como hoy se diría, dejaba dinero y los pueblos del entorno de Segovia se beneficiaban de ese movimiento.

 

Pero, hacia 1650-1670, la situación cambió. La triple derrota española ante Holanda, Inglaterra, Francia y Portugal, trajo malas consecuencias económicas, entre ellas el hundimiento del negocio de la lana. Con lo que la producción de  vellón tuvo que acomodarse a lo que necesitaban los pañeros del interior.

La población de los lugares de esquileo debió disminuir de modo paralelo al descenso de riqueza en los núcleos de actividad de los telares. Las Navillas.com, como una más, sufrió las consecuencias del bajón generalizado.

Mediado el siglo XVIII, el Catastro de Ensenada de 1752, atribuía a Navas de Riofrío sólo 15 cabezas de familia, es decir, unos 45 ó 50 habitantes. Agrupaba el pueblo sólo 15 casas (casi todas mayores que las actuales), por lo que constituía una aldea pequeña.

Navas de Riofrío pertenecía al sexmo de San Millán como subdivisión administrativa y hacendística de la tierra o provincia de Segovia.

En Segovia mandaba un corregidor, representante del Rey y nombrado por él. Éste corregidor nombraba en cada villa o lugar dependiente, y por tanto en Navas de Riofrío, un “alcalde ordinario” y un alguacil. El primero, no solamente ejercía la alcaldía, sino que era también juez del pueblo. Tenía una limitación: no podía, por fortuna, dictar sentencias de muerte.

También figuraba en Las Navillas un “escribano” o notario que atendía varios pueblos simultáneamente: Hontoria, Ortigosa, La Losa…

¿Quiénes eran, a mediados del siglo XVIII, los vecinos de Las Navillas y a qué se dedicaban?

Como hemos dicho, eran pocos, 45 ó 50, y pocas también las casas que habitaban. Entre los moradores adultos, extraña el escaso número de apellidos de los vecinos de entonces que perduran hoy en día. El más llamativo en su coincidencia es “Alonso”; aunque dada su frecuencia en Castilla –y en toda España-, resulta arriesgado establecer una relación de ascendencia segura, sin llevar a cabo una adecuada investigación genealógica, entre los “Alonso” de entonces –recuérdese que estamos en 1752- y los de estos momentos.

Los apellidos del vecindario que recoge el catastro son: De Frutos, Nogales, Prieto, García, Tapias, Bravo, Muñoz, Fernández, Alonso, Casado, Sanz y Molinos.

 Siete de los cabezas de familia se declaran labradores, dos “gabarreros” (los que sacan y transportan leña de los bosques para venderla), cuatro jornaleros, un sacristán pluriempleado, que es a la vez tejedor, “fiel de fechos” y cillero (el que guarda los granos del diezmo), y un tabernero. Existe también un escribano que no actúa de forma plena porque vive en La Losa.

Ninguna de las familias de estos vecinos supera los dos hijos.

 Manuel de Frutos era el propietario más rico en tierras, y Andrés Prieto en ganado. Isabel Muñoz, viuda labradora de sólo treinta y cinco años, con dos hijos pequeños, se puede permitir el relativo lujo de contar con tres criados y dos carretas para el transporte; los demás poseen, en el mejor de los casos, un solo carro.

 Había otros hacendados rurales de Las Navillas que no estaban avecindados en el pueblo. Unos vivían en Revenga, Palazuelos, Tres Casas, Sta. María de Nieva…; otros en Segovia (el Marqués de Paredes), o en Madrid (la Marquesa de Castrofuerte).

Con todo, el propietario “pudiente” por excelencia, el más rico en terrenos, casas, montes…, etc., era el mismísimo concejo.

La Iglesia poseía también bastantes inmuebles. Los Jerónimos del Parral poseían el bien raíz eclesiástico más conocido de Las Navillas, La Granjilla antigua (hoy de la familia Bermejo o Urquiola), frente al cementerio actual –el anterior rodeaba la iglesia parroquial-. No se debe confundir esta Granjilla con la Granjilla posterior o nueva, intergrada por la casa de veraneo de los Jesuitas de Areneros y el viejo cuartel de la Guardia Civil, ambos derruidos.

El Pueblo y el Término

Es curioso como entre 1752 y 1862, muchos de los nombres de los parajes cambian o se pierden.

Se recogen topónimos como “Los Guillenes” (más o menos el sitio que ocupa la casa de Paasarón). También es cierto que las denominaciones de otros parajes –la Nava, la Mata, la Fragua, Navalterradillo, el Caño, el Chorrillo…-, han perdurado a lo largo, al menos, de uno o dos siglos. De cualquier modo, la pérdida de nombres de los lugares añade dificultades al seguimiento cronológico de la propiedad y de la estructura del pueblo.

Más de la mitad del término era terreno improductivo, en parte devastado por la  caza mayor que sobrepasaba los límites de Riofrío. Le seguían en extensión los pastos, las tierras de sembradura y las huertas.

Algunas de las características del terreno de Las Navillas son: suelos poco profundos, rocosos, ácidos y pobres, en terreno elevado y frío.

Curiosamente, en una aldea dedicada al esquileo, no abundaba el ganado lanar. Tan solo uno de los vecinos, el citado Prieto, criaba 40 merinas; el resto, ni una oveja. Casi todos poseen caballerías y cochinos para la propia matanza, bueyes y vacas.

 “La era” no radicaba en el sitio hoy conocido como tal, sino cerca de San Antolín, en los alrededores de “Las Moradas”; era conocida como “Heras de la Iglesia”.

Figuran también en el Catastro dos esquileos. Uno de ellos, “el de arriba”, era de D. José Valverde; el otro, pertenecía al Marqués de Castrofuerte y se le conocía como “esquileo de la Iglesia”, sin duda porque sus límites debían llegar muy cerca de lo que hoy es la plaza (con toda probabilidad, la actual casa de Feu).

El “esquileo de arriba” coincidiría más o menos con los corrales de Encinas y de Rodríguez Robledano.

Las dependencias del concejo, es decir, la casa de reuniones y la cárcel, estaban en el núcleo central de Las Navillas, en la Plazoleta antes denominada del Concejo y luego de la Constitución, rodeada por la casa de los hermanos Robledano –antiguo “Teléfonos”-, la Cartería y las espaldas de las viviendas “Dos Hermanas, “Las acacias” y La peña”.

La taberna pertenecía al Ayuntamiento t, además de puesto expendedor de alcoholes, era lugar en que se recaudaba la alcabala (impuesto indirecto sobre el consumo de mercaderías y productos).

Los documentos sitúan la taberna junto a la Iglesia, por lo que sospechamos que su localización sería la de la actual “Casa Heras”, o, tal vez, la de la vivienda de D. Lucas Alonso, que antes fue de D. Gregorio Cardona. Un veraneante, de quinta ya cumplida, recuerda que, cuando era niño, sobre la puerta de dicha casa figuraba el letrero “Vinos”.

La fragua se encontraba tras el conjunto de la Iglesia, “Casa Heras” y “EL disparate”, en el prado lindero con el de las Religiosas de San Luis y con la casa de la viuda de D. Agapito Villanueva.

   El Siglo XIX. El Lavadero de Lanas, El Charcón y Las Caceras

El siglo XIX trajo muchas reformas y con ellas una renovación del aspecto físico del pueblo que, puede decirse, ha llegado a nuestros días.

Finalizando la Guerra de Independencia, en 1813, el contador de Artillería Santiago Arranz de la Torre, construye un lavadero de lanas en terrenos cercanos al “Esquileo de la Iglesia”. Sus dependencias han servido después de vivienda, cuartel de la Guardia Civil y casa de verano de los Jesuítas de Areneros, a quienes pertenece en la actualidad y quienes, demoliendo las viejas instalaciones, las han trocado por un chalet moderno, no muy grande, con buena extensión de prado y jardín. Nos estamos refiriendo, por supuesto, a “La Granjilla” nueva, en la misma plaza en que se celebra el baile de San Antolín y a la que dan las entradas de “Santa Amalia”, “Quinta Pilar” y “Las Conchas”.

Por lo que respecta al edificio o solar que albergaba el lavadero, en un primer momento no conseguíamos dar con la situación física que ocupó en el pueblo. También nos equivocábamos al suponer los “charcones” como depósitos de agua destinada a regar los prados y mantener el pasto todo el año, incluído el verano. Dichos charcones, grandes albercas o charcas artificiales de 30 m. Ó más de diámetro, se encuentran al sur de Las Navillas, repartidos entre fincas de D. Ildefonso Moreno y las Religiosas de la Asunción, y parcelas de Dña.Fuencisla Ramiro y del ex -Concejal de Urbanismo D. Jóse María Alonso. Si tales depósitos  hubieran tenido exclusiva función de riego, podrían venir de fecha muy temprana.

Pero, en realidad, ni el aspecto de los “charcones” se muestra tan viejo, ni el pueblo necesitaba tanta agua para mantener la hierba: hace treinta años, con más habitantes en invierno y muchos menos en verano, sin riego de céspedes mi llenado de piscinas y con una pluviometría normal –en lugar de esta miseria de lluvias que padecemos-, las caceras corrían como arroyos de monte y el suelo abundaba en pastos.

María Moreno y García Sanz, profesora de Historia del Arte de la UCM, nos da una pista acertada, que nos hace cambiar la opinión inicial: los lavaderos necesitaban un abundante suministro de agua, con depósitos estables para no interrumpir la tarea en el estiaje, y unas calderas que la calentaran antes del lavado. Por ello, resultaba mucho más creíble que los “charcones” de Riofrío hubieran sido construidos hacia 1813 con el fin de alimentar el lavadero.

 ¿Dónde había estado situado el lavadero?

Nos llama la atención que el conjunto que hoy es conocido usualmente como “Casa de Feu” –nombre genérico del inmueble repartido en la actualidad entre dicha familia- existía una especie de estanque o alberca, hoy ya seca, por descontado, que revelaba la necesidad y almacenamiento, en algún momento pasado, de buenas cantidades de agua.

Fiándome de mi memoria, estaba a punto de considerar la citada “casa de Feu” como asentamiento del lavadero, cuando la profesora María Moreno dio la solución al recordar algo olvidado: las chimeneas, hoy derruidas, que habían existido hasta los años setenta o principios de los ochenta, en “La Granjilla” nueva, en el ala de edificación que ocupaba la Guardia Civil. A continuación, D. Lucas Alonso me confirmó tal indicio: al proceder a la demolición de los casones viejos para construir el chalet actual de los Jesuítas, hubo que echar abajo dos chimeneas, una bastante bien conservada, otra en franca ruina.

La cuestión, en tales términos, no ofrecía duda. Ese y no otro había sido el lavadero de Arranz de la Torre: el anterior edificio de “La Granjilla” de la Compañía de Jesús.

Otro dato o indicio que corrobora la localización del lavadero de Arranz en “La Granjilla” nueva es el trazado de algunos ramales de las caceras.

El agua que procede de la sierra, después de bordear por encima del “Puente Colorado” la casa de D. José Ignacio Delgado y seguir el cordel de la Cañada Soriana que baja al pueblo, se interna a tramos en Navalterradillo y sus aledaños y cruza la vía del tren por dos canalones de chapa: el más cercano al “Puente Colorado” alimenta el conjunto de caceras de Las Navillas, integradas en las que más tarde agruparemos como ramales o caceras “A” y “B” ; el más próximo a la estación de RENFE lleva el agua de la “Cacera de la Reina”, por un recorrido algo desviado den núcleo central del pueblo, a regar los parados del Palacio de Riofrío y quizá a suministrar sus conducciones domésticas.

En efecto, pasada la vía, la “Cacera de la Reina” discurre por “La Asunción” y “La Concepción”, atraviesa la carretera de Cepones a la altura de la que fue casa de verano de la familia Alarcó, en cuyo jardín entra, y se alarga hasta la última de las parcelas, frontera con la Nava, del que todos conocen como “Barrio de la Concepción”; sale a continuación a la calle Losa y, por encima de la cerca de “Los Prados”, se dirige a “Los Montones” y después al cercado del Palacio, al que llega como punto final con su caudal intacto.

Los que son, en sentido estricto, prados y entornos de Las Navillas quedan servidos por tres cauces, uno de poca corriente y otros dos de cierto volumen, a los que nutre a su vez el canalón que cruza la vía del ferrocarril más cerca del “Puente Colorado”. Realmente, el aporte de esta canal surtía antes el agua de los “Charcones”; hoy, en cambio, los rodea para evitar su llenado.

En cualquier caso, sorteados los “Charcones” y nada más atravesar la tapia que los separa de la Nava, justo en la esquina oriental de la valla de “La Concepción” (o, lo que es lo mismo, en el punto de encuentro de las tres lindes, la de la Nava, la de “La Concepción” y la del “Charcón”), el cauce se divide en dos caceras, que forman un ángulo de 90º. Una, la que antes adelantábamos como de menor corriente, sigue en paralelo la pared de “La Concepción”, en dirección oeste, cruza la carretera de la Estación y Cepones en el punto más alto de la Nava, junto a “Casa de Rubira”, y continúa con igual orientación hacia el portillo de la misma Nava. Sale por fin a la calle Losa y, tras rodearla roca grande de su ensanche, pasa “La Mata”, la riega y se pierde en ella.

El otro brazo de la bifurcación citada, sigue en paralelo unos cien metros la tapia entre “Charcón” y Nava, en dirección noroeste, y al llegar a la altura de “Las Hadas” vuelve a escindirse en dos ramales, que anunciábamos de abundante caudal: el “B1”, que se dirige a la calle Larga, y el “B2”, que avanza Nava adelante junto a las vallas a poniente de las casas de D. Gabriel Cardona, la familia Cantalejo, la Viuda de D. Moisés  López y “Villa Juanita”.

La cacera “B1” pasa al casco del pueblo por debajo de “Las Hadas”, recorre la calle Larga, bordea la “Casa de Marcote” y “Los Alamos”, cruza el callejón que se dirige a “La Marujita” y atraviesa el jardín de la casa de D. Ildefonso Moreno y la calle Sierra, para meterse a continuación en “La Granjilla” de los Jesuitas.

Entrada la cacera en “La Granjilla”, vuelve a dividirse antes de dar sus últimos pasos por los prados del norte y nordeste del pueblo. Un reguero sale a la calle que baja de “Santa Amalia” a la Ermita de San Antolín y se pierde en la cerca del “Río”, la ladera baja de lo que es Colonia de San Antolín. Otro caz discurre por las alamedas de Feu y se encamina a regar “El Navero” y los prados fronteros con la tapia del Palacio.

El ramal “B2”, escindido del “B” a la altura de “Las Hadas”, se dirige por La Nava, hacia el noroeste y en paralelo a las propiedades señaladas líneas arriba, a la finca del Duque de Vistahermosa. La atraviesa, cruza a la salida la carretera de la estación y va  todo lo largo de la “Quinta de San Luis”, de sur a norte; corre después por detrás de “Casa Heras”, pasa la huerta de Cardona y entra en “Casa de Pasarón”, desde donde sale al final a regar el prado de D. Luis Heras y la cerca “del Caño” (en cuya cabecera se sienta hoy una pequeña colonia). Esta cacera forma a la salida de la casa del Duque de Vistahermosa una cascadita conocida como “El Chorrillo”.

Tal es, a grandes rasgos, el recorrido del agua en Las Navillas. El esquema me parece bastante exacto, lo cual no es mérito propio sino de nuestro asesor, D. Domingo Heras - -hoy ya fallecido, por desgracia-  amplio conocedor de los resquicios del pueblo. Si algún despiste arrastra la descripción, debe achacarse al erudito y no al perito. 

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